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Crónica japonesa

of: Nicolas Bouvier

La Línea Del Horizonte Ediciones, 2016

ISBN: 9788415958499 , 248 Pages

Format: ePUB

Copy protection: DRM

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Price: 12,99 EUR



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Crónica japonesa


 

IV
«MI LEY SE PROPAGARÁ HACIA ORIENTE»
(PALABRAS DE BUDA)


El año 557 antes de nuestra era, nace el Buda Sakyamuni, hijo de rey, en una pequeña corte de Nepal, y deja estupefactas a las parteras que ayudan al alumbramiento dándoles ya los más pertinentes consejos.

Tras años de meditación, se percata súbitamente de que este mundo no es más que una ilusión a la que nos encadenan nuestros apetitos, y enseña Ocho Procedimientos para desprenderse de ella, escapando al ciclo de las reencarnaciones, e ir de esa manera a descansar en la paz del Nirvana —el sitio en el que se deja de sufrir—. Muere tras predicar el respeto a cualquier clase de vida y de pronunciar algunos sermones (Sutras), además de formar a discípulos; tras lo cual toda la creación, plantas, insectos, hombres y animales, se reúne desolada para velar sus restos. A excepción del gato, que ese día prefirió «dedicarse a sus asuntos», con lo que se forjó en toda el Asia budista una reputación de golfo que perdura hasta la fecha. Mil años más tarde, o casi, en el año 552 de nuestra era, el emperador japonés Kimmei desempaqueta en su palacio de Asuka (al sur de Nara) los presentes que el rey de Corea, su vecino, acaba de hacerle llegar. Entre los fragmentos de seda encuentra varios rollos de Escrituras búdicas, y enseguida desenvuelve una estatua dorada de bronce que representa al Buda. La examina, «salta de júbilo —según el Nihongi— y da por sentado que la expresión de aquel Buda… es de una grave dignidad, como la que jamás habíamos visto».

Con esta simple observación, que tan cándidamente apunta a lo esencial, el emperador Kimmei prueba que el Japón del siglo XI merece sin ninguna duda el regalo que se le hace.

En medio de ambos acontecimientos, el budismo lleva ya un largo recorrido. Expulsado de la India al cabo de algunos siglos, llega hasta Asia Central a través del Tíbet o de Afganistán, enriqueciéndose de paso con influencias helenísticas, mazdeístas, tántricas, chinas y, tal vez, cristiano nestorianas.

En el 64 de nuestra era, el emperador Hin se convirtió.

En el siglo IV llega el turno a Corea. Luego, a lo largo de su viaje, la Buena Ley alcanza el país extremo, Japón.

Enriquecido con todas las aportaciones recolectadas en el camino, el budismo se convierte así en una doctrina multiforme, de una complejidad y de una riqueza inconcebible, yendo de la piedad más ruda a las especulaciones metafísicas más vertiginosas. Todos los aspectos de la espiritualidad asiática, por uno u otro lado, están ahí representados.

El rey coreano añade a sus presentes una carta que sustancialmente dice: «De todas las doctrinas conocidas, esta es a todas luces la mejor. Los méritos que os granjea son ilimitados, y no existe un solo deseo que deje insatisfecho». Pero añade que «es también la más difícil de comprender y que incluso Confucio y el «duque de Zhou» (un Salomón chino) quizá no habrían entendido nada, a pesar de lo cual todas las naciones de Asia se adhieren a ella».

El emperador Kimmei se siente dichoso pero igualmente perplejo: superar en sabiduría al famoso «duque de Zhou» merece una detenida reflexión, y una doctrina que resulta de un grado tal de dificultad tiene que ser algo notable… pero, ¿es que realmente debe ser venerado ese nuevo dios? Por su parte, se abstiene de zanjar la cuestión. Y además sus consejeros se encuentran divididos: los más grandes sacerdotes del sintoísmo, que desean mantener el monopolio, lo amenazan con la venganza de los Kami; y sus enemigos —el clan de los Soga—, que en ese objeto de metal perciben ya un medio para debilitar a sus rivales sintoístas, le aconsejan hacer lo mismo que en China: «seguir el paso del tiempo». Querellas de ambición.

Finalmente, el emperador Kimmei transige, deja la estatua en manos de los Soga y les pide que le rindan culto en particular. Edifican un pequeño templo y mandan traer a un bonzo de Corea… al mismo tiempo que estalla una peste. El clan del sintoísmo triunfa y, a fin de detener la epidemia, arrojan la estatua a un hediondo canal donde, al parecer, se niega a sumergirse.

Veinte años más tarde: segundo advenimiento de imágenes santas, de textos y de bonzos. Los Soga, que no han renunciado a utilizar el budismo con tal de instalarse en el poder, reconstruyen el templo y, apenas acaban de instalar a tres jóvenes monjas al servicio de los ídolos, estalla una segunda epidemia. El templo es arrasado hasta los cimientos, las estatuas reciben un nuevo baño y las monjas, desnudas, son flageladas públicamente.

Acto seguido, los Soga derrotan a sus enemigos y su emperador es abatido como un buey. Toman el poder, levantan un templo por haber sido tan bien secundados en sus fechorías, y el budismo —paradójicamente— recibe su patente oficial de una familia de tunantes. Pero esto es solo un episodio.

Se impone la Nueva Autoridad. El injerto prende debidamente, y el príncipe Shōtoku, al que una leyenda hace nacer —como Cristo, o casi— en la paja de un pesebre, lo cultiva con sumo cuidado. Copia con tinta de oro sobre papel negro sembrado de plata algunos Sutra y manda traer barcos repletos de libros y estatuas de Corea. Un siglo más tarde, Nara está en pleno crecimiento. Únicamente se ven bonzos y carpinteros. Inmensas vigas de madera de cedro japonés se balancean en el cielo, y el ensalmo de la Ley acuna el trabajo de los techadores. En cuanto a los planos, casi se adoptó la misma escala de los chinos, por lo que el gigantismo de las edificaciones rebasa casi las dimensiones del lugar. Hectáreas de tejas barnizadas brillan bajo el sol en la nueva capital. Los techos de los templos son más grandes que el arrozal y los campesinos, maravillados, los miden en jornadas de trabajo. Sus vigas son formidables y, al lado de ellos, la residencia imperial hace el papel de pabellón.

Seis sectas ya han nacido de la interpretación de las Escrituras, y en los días de ceremonias sus clérigos llevan túnicas de color frambuesa, azafrán, pistacho o violeta, que en el gris-café-verde del paisaje japonés producen un efecto admirable.

Como es «letrado», el budismo a partir de entonces es el responsable de todo lo que proviene de Corea o China. Los bonzos intervienen en todo: diplomacia imperial, astrología, medicina, adivinación, poesía y maquinaciones políticas. Están exentos de impuestos y son temidos debido a que los mantra (fórmulas mágicas) que emplean pueden matar o sanar.

Del Imperio Parto ya desaparecido, el Tesoro imperial recibe brocados con motivos de íbices enfrentados, a los que les llevó un siglo hacer el viaje. Y en la calle, uno de cada diez transeúntes es un «experto» coreano o chino al que la Corte paga con tres años de residencia.

Se trata de una mezcla estimulante de furiosa labor, de astucia, y auténtica devoción. —¡Cómo nos habría gustado ver aquello, antes de la llegada de la electricidad y de las luces de neón del Nara Dream Land!—.

Al contacto con ese formidable apetito de conocimiento y esa dinámica cultura que aún no se ha desilusionado de nada, el budismo se transforma. Se suaviza. Desaparece una parte de la abstracción y del pesimismo hindú.

«Toda vida es sufrimiento», decía Sakyamuni. Para el Japón del siglo VII, la vida es más bien una gigantesca escuela en la que cada día uno aprende unos veinte ideogramas chinos, el nombre de una nueva estrella, una receta fumigatoria o un recurso salvífico. En el suelo —no obstante «ilusorio»— de Nara, la doctrina del Renunciamiento parece hundir sus fuertes y ávidas raíces. Todo lo que hoy queda de los templos de aquella época sugiere no tanto el desapego como una triunfal afirmación. El budismo se instala igualmente en la muerte, que el sintoísmo había dejado sin cultivar. —No la muerte de los antepasados. Tampoco la de los seres cercanos a los que se llora o a los que se teme—. Para enterrar a los muertos, los bonzos cuentan con un ritual que reconforta y, en los días prescritos, la lectura de los sutras junto a la tumba, pacifica a las almas difuntas. Desde luego, esos servicios reciben una paga.

Los cementerios son los viveros de los templos.

En el inmenso repertorio de la predicación búdica, los japoneses eligen las lecciones menos sombrías, aquellas que mejor satisfacen su enorme deseo de reconciliar todo. Los sacerdotes de la secta Kegon profesan que la verdadera realidad es una armonía final a la que nada escapa. ¿El nombre de la doctrina? Doctrina del Mundo de la Harmonía total, mutua e independientemente relativa. ¡Con un programa así puede uno estar seguro de no dejar a nadie tras la puerta!

En especial los Kami. Si exceptuamos las querellas entre personas, estas dos formas religiosas parecen vivir en excelente armonía. Por lo demás, sirven a propósitos muy distintos y pueden yuxtaponerse sin ningún problema. Además, los japoneses tienen buen cuidado en evitar que sus dioses nacionales pierdan prestigio. Cuando el emperador hace circular una suscripción para pagar el metal y la fundición del Gran Buda de Nara, envía a un bonzo muy sabio al santuario de Isé para que ponga al tanto del asunto a Amaterasu, diosa del Sol, y se asegure de que no se ofenda. A través de un sueño, ella le comunica al mensajero que, bien al contrario, se siente halagada, tratándose ella misma de una encarnación temporal del Buda eterno. No hay que ver en esto una grosera superchería por parte de aquel bonzo, sino la...